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Armando Palomas dice adiós, pero se lleva a Juárez en la sangre


Después de tres décadas sobre escenarios de todo tipo, con más de treinta discos a cuestas y miles de historias, Armando Jiménez, mejor conocido como Armando Palomas regresó a Juárez para despedirse de uno de sus tantos hogares.


Desde principios de este año el escribiente originario de Aguascalientes ha recorrido el país para decir adiós a la música, a la vida nocturna, a las cantinas y calles oscuras que albergan a las almas en penitencia, en busca de calmar su dolor o compartir su dicha acompañados de una copa de licor y un buen cigarro.






El cuerpo de Armando Palomas le ha pedido una pausa definitiva, luego de tantas batallas perdidas y ganadas, sin embargo, no puede irse no más porque sí, sin volver a pisar todas esas ciudades de donde recopiló narraciones universales que pueden describir la realidad de una nación tan dolida como la nuestra, relatos que nunca perderán vigencia.





Por eso, el cancionero retornó a Juárez, a su casa el Anexo Centenario Club, de la mano de su botella y su guitarra, para compartir una última vez sus letras, que según el poeta R. Israel Miranda, toque lo que toque siempre será Rock & Roll.


Añorando los viejos tiempos, Armando pidió al público guardar celulares, y así dejar de lado esa barrera postmoderna, que impide al respetable percibir de manera única e irrepetible el espectáculo, quería que los presentes sintieran con él la despedida, sin distracciones, solo ellos, en sagrada comunión artista y espectador, como se hacía en antaño.





De esta forma, se pudo acompañar temas como “El Payaso con alas en los Pies”, sin irrupciones nefastas de pantallas y sus brillos impertinentes, que arruinaran el ambiente bohemio y recóndito del lugar.






La relación de esta frontera y “El Cerrajero de corazones” va más allá de las cuerdas y las noches en burdeles del “Tawn”, Palomas lleva sangre del Río Bravo, debido a que, en alguna noche perdida en el pasado, en quién sabe dónde, se suscitó un pleito del cual salió mal herido y precisamente gente de Juárez acudió a donar sangre cuando se encontraba en recuperación, por eso lleva sangre de Juárez, explicó.


“No llores jefa, murió diciendo, fui vato loco al cien por ciento”





Sin duda, una de las canciones que más pegó en la médula a los hijos del Noa Noa esa noche, fue “Cholo Story", la cual transportó a los asistentes a tiempos dorados de la Avenida Juárez, cuando íconos de Hollywood recorrían sus bares, durante la buena época de las colonias como La Chaveña, La Hidalgo, la Barrio Alto y muchas más del primer cuadro de la ciudad, que hoy están en ruinas.





Otra muestra de la gran relación entre el hidrocálido y la tierra de Juan Gabriel, fue cuando el luchador Pagano, le regaló un chaleco con calaveras, para que ante la ovación de los presentes hicieras las típicas poses de un gladiador sobre el cuadrilátero.


Al menos cuatro generaciones de fronterizos se congregaron para presenciar la partida del autor de la “La canción del mutilado”, “Manual para conquistar a Claudia”, “Tres veces siete” y cientos más, quien deja su huella indeleble en la intersección de Ferrocarril e Ignacio Mejía y se lleva consigo un maletín repleto de respeto, admiración, cientos de ovaciones y por supuesto la sangre de una urbe cuya herida siempre permanece abierta, pero que acoge a quién lo necesita.

¡Adiós maestro!


📝: Fabián Ramírez

📷: Samuel Delgado


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