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Un tsunami de arena en el desierto: Panteón Rococó celebra tres décadas en la frontera


Panteón Rococó, la mítica agrupación estandarte de la escena nacional, celebra 30 años de trayectoria con una gira que los hizo regresar a Ciudad Juárez, la que en las propias palabras del Dr. Shenka es su segunda casa, para armar una fiesta multitudinaria que tuvo su sede en el Gimnasio Universitario.


Poco antes de que cayera el sol, el área contigua a la Zona Pronaf comenzó a poblarse de fanáticos veteranos y alguna que otra alma joven y rebelde que apaciblemente ingresaba al recinto, el cual abrió sus puertas antes de las 19:00 horas.


Vendedores de comida y mercancía de la banda (no sé si oficial o pirata) se apostaban sobre las banquetas, mientras los parqueros, surgidos de la nada o de las sombras, buscaban hacer su agosto con los desprevenidos conductores que buscaban un lugar para estacionarse.


Paulatinamente los tres accesos del gimnasio (cancha, preferente y general) comenzaban a ocuparse, mientras DJ Town amenizaba la búsqueda de cerveza, whisky o cualquier cosa que tuviera alcohol para ir afinando las gargantas y calentando la rabadilla para la hora de los “pinches chingadazos”.



A las 21:00 horas en punto, los Sonido Cachimbo tomaron el escenario como preámbulo a la celebración de la mano de su conocida y celebrada propuesta tropycumbia mezclada con ska, reggae y ritmos latinos pegadizos que hacen imposible mantenerse estático.



Los locales tuvieron la difícil y honrosa tarea de abrirle a un grande, encomienda que cumplieron con creces gracias a sus 15 años de trayectoria y al conocimiento del público juarense, que podrá rockear lo más duro y true posible, pero que nunca se quedaría indiferente ante una buena cumbia lagunera.



Pasaban de las 22:00 horas cuando un avance del documental “Resiliencia” se mostraba sobre la enorme pantalla del escenario, filme que registra la trayectoria de los integrantes de la “generación del 95”, quienes subieron uno a uno al entarimado mientras sonaba “Punk O”.



“Asesinos”, “Ciudad de la esperanza”, “90 segundos” y “Estrella roja” daban la bienvenida al frenético recital a un público que esperó a los capitalinos con ansia y anhelo durante varios años.


Panteón Rococó llevó a sus fieles seguidores por distintos pasajes y estados de ánimo, con temas para sacar los prohibidos y sacudirse las inhibiciones como “Dime”, “Cha cha love” o “Último Ska”.



El arrebato regresó un par de canciones después con “Hostilidades”, que lograba formar el primer moshpit digno de la noche en un evento donde la media de edad se asemejaba más a la de una junta de padres de familia que a la de un remolino de patadas y puñetazos lanzados al aire con honor, donde quien toca el suelo inmediatamente es levantado y arrojado de vuelta a la tormenta.


“Acábame de matar”, mezclada con “Mil horas” de Los Abuelos de Nada, daba la oportunidad de abalanzarse al slam o bailar con un pie al frente y otro atrás; la verdad, las formas no importaban.



Mientras los cuerpos chocaban intencionalmente o por accidente en la pista frente al escenario, quienes ocupaban la gradería por razones de edad o economía no dejaban de aplaudir, saltar y arrojar los brazos al aire mientras sonaba “La cumbia del olvido”.



Algunos, obstaculizados por las bancas de plástico, optaron por transformar los pasillos en una pista alternativa de baile para poder disfrutar sin las ataduras de las dimensiones piezas como “Bier & Ska” o “Borracho”.



“La dosis perfecta” daba la primera explosión de locura de la noche y creaba el segundo moshpit masivo frente al templete, mientras miles de voces cantaban o gritaban con todo el poder de sus pulmones los versos que se recitan en tocadas, bares, fiestas y hasta quinceañeras.



Para tomar aire y levantar el puño al cielo le siguieron “1993”, con su sentido homenaje a esta frontera y a las víctimas impunes de los feminicidios que, a más de tres décadas, siguen sin obtener justicia sin importar quién dirija a esta ciudad, estado o país.



Un dulcecito antes de la partida fue “Quiero bailar contigo” para sacudirse la ira restante y quedarse con la reflexión; luego los músicos partirían al backstage, al menos por un momento, aunque solo por un breve instante, porque, citando al filósofo Dr. Shenka, “había que hacerle a la mamada”.



Luego de volver a escena para cumplir con usos y costumbres de los conciertos, el encore le dio una repasadita a manera de popurrí a canciones que fueron desde “Amargo adiós” hasta la “Cucaracha” pedida por algún random entre el público (en realidad fue una chica).



Luego, las imperdibles, infaltables e inconcebibles que no aparecieran en el recital, “Esta noche”, “Toloache pa’ mi negra” y “Vendedora de caricias”, satisficieron las solicitudes de la multitud que lucía incansable (para su media de edad).



Sin embargo, “La carencia” fue la canción, el suceso, el detonante para otra explosión que quizá causó un tsunami de arena en este desierto, dando pie a un tercer y último moshpit que nacía en el centro de la pista; esta vez la corriente de almas arrastró a la mayoría y contagió de insanidad mental a quienes no quisieron sumarse a tal procesión del caos.


En los pasillos, los fanáticos brincaban mientras soltaban patadas y puñetazos al aire; los vendedores de cerveza sacaban sus celulares para grabar el acontecimiento, a la vez que coreaban una canción que acompañó desde siempre a más de tres generaciones y cuya letra, a pesar del paso del tiempo, no ha perdido su vigencia.



En las gradas, los jóvenes y viejos saltaban sobre las bancas de plástico, mientras uno que otro subía a lo más alto para fumarse un cigarro o darse un pipazo de manera (no) disimulada. La locura se había desatado en el ritual catártico y antisistema.



Los metales de “Arréglame el alma” anunciaban el fin de una presentación memorable de quienes son considerados juarenses por convicción propia y por adopción de los propios juarenses.


Con el cuerpo adolorido y la voz ronca, nos despedimos de la generación del 95, en una noche donde banda y público lo dimos todo y hasta más.



Gracias al Panteón y a Latin Me por hacernos parte fenómeno metereológico.


¡Viva Palestina libre!


 
 
 

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